Cuando miro los campos de cultivo o recorro nuestras plantas empacadoras, veo mucho más que una operación agrícola a escala internacional. Veo la continuidad de una historia que comenzó con la visión de la primera generación y que hoy nos corresponde liderar a la segunda: una historia cimentada sobre la honestidad, la perseverancia y el respeto por la tierra y su gente.
Hoy nos encontramos en un punto de inflexión fascinante. Quienes estamos al frente de la empresa tenemos el compromiso de consolidar este crecimiento global, mientras abrimos espacio a una tercera generación que ya se ha sumado al equipo. Ellos aportan frescura, fluidez digital y una visión nativa de la sostenibilidad, mientras nosotros aportamos la experiencia, el criterio estratégico y el rigor operativo.
Liderar en esta etapa de transición implica un doble reto: honrar las raíces fundacionales y, al mismo tiempo, adaptar la organización a las exigencias de un mercado global digitalizado y altamente consciente.
1. La Honestidad: De la palabra dada a la transparencia digital
En los inicios de la empresa, la honestidad se demostraba en el trato directo y en la palabra empeñada en el campo. Recuerdo que mi padre decía: “la palabra se cumple”. Hoy, al competir a nivel internacional, esa misma honestidad se traduce en transparencia, certificaciones, trazabilidad total y Gestión ESG.
Me enorgullece que AgroAmérica destaca a nivel global en la transparencia de su producción de aceite tropical, alcanzando el 8.º lugar en el ranking mundial SPOTT (Sustainability Policy Transparency Toolkit), y operando bajo estrictas normas ambientales y sociales.
Los consumidores, clientes e inversionistas globales exigen saber no solo qué producimos, sino cómo lo hacemos. Con nuestra estrategia de sostenibilidad, hemos institucionalizado la rendición de cuentas a través de reportes de sostenibilidad y mediciones precisas, así como la divulgación pública de políticas ambientales, sociales y de gobernanza (Gestión ESG).
La llegada de la tercera generación ha sido clave en este aspecto: su afinidad natural con la tecnología nos ayuda a acelerar la adopción de sensores, gestión de datos e innovación digital para demostrar nuestra sostenibilidad con hechos y cifras.
2. Perseverancia e innovación: el empalme generacional
La perseverancia que aprendimos de la primera generación significaba resistir el clima, entender los ciclos de la tierra y no rendirse ante la adversidad. Para la segunda generación al mando, perseverar ha significado escalar el negocio, diversificar y apostar por la agricultura de precisión y la economía circular.
- Aprovechamiento integral: Nuestra planta de ingredientes transforma la fruta no exportada en purés y harinas de alto valor, demostrando que la eficiencia y la reducción de desperdicios son rentables y sostenibles.
- Tecnología en el campo: Implementamos sistemas de micro-aspersión y monitoreo climático en tiempo real, uniendo la experiencia agronómica acumulada con las nuevas herramientas informáticas que la generación más joven impulsa con entusiasmo.
3. Guiar el relevo: cultura y valores como hilo conductor
El papel más crítico de la segunda generación no es solo gestionar los resultados presentes, sino preparar el terreno para el futuro. La segunda generación tenemos la misión ineludible de acercar a la tercera a la identidad de la empresa, compartiendo no solo el negocio, sino los valores que lo guían. Integrar a la tercera generación en distintas áreas de la empresa nos exige ser mentores: enseñarles a tomar decisiones difíciles sin perder la empatía ni el sentido de comunidad.
Programas como nuestro Centro de Desarrollo Humano (HDC) y las iniciativas de Bana-Nutrición son el mejor recordatorio de que el éxito empresarial en América Latina no se mide únicamente en volumen de exportación, sino en el impacto real y tangible en la salud y nutrición de nuestros trabajadores y sus familias, así como las comunidades rurales cercanas a nuestras operaciones.
Mirando al futuro con cimientos firmes
Equilibrar la tradición y la modernidad es un trabajo en equipo. A la segunda generación nos corresponde mantener el rumbo claro, la gobernanza sólida y la firmeza en los valores. A la tercera generación le corresponde desafiarnos, traer nuevas ideas y mantener a la empresa a la vanguardia.
A los líderes de empresas familiares que atraviesan esta misma etapa en la región, les digo: la convivencia generacional no es un desafío que evitar, es la mayor ventaja competitiva que tenemos. Si logramos combinar la prudencia del liderazgo actual con la energía de los que se van sumando, aseguraremos que el legado familiar no solo perdure, sino que florezca en las décadas por venir.
No veamos a los jóvenes solo como el «futuro», sino como un motor del presente al que debemos guiar con firmeza, apertura y ejemplo.
El legado no se transmite de golpe; se enseña y se construye día a día, hombro a hombro.